domingo, 26 de octubre de 2008

La copa

Si yo hubiera sabido lo que pasaría, me hubiera negado a la propuesta de Josh. Pero no, jugamos al maldito juego, y las consecuencias fueron lamentables. Nunca en mi vida voy a poder olvidar aquellos hechos.
Era una tarde fría y oscura del mes de julio, y mis papás anunciaron que saldrían esa noche para celebrar su 18 aniversario. La idea de quedarme solo en casa por primera vez a mis trece años me entusiasmaba mucho y al mismo tiempo me llenaba de temor.
A las nueve de la noche me encontraba leyendo en mi cama historietas, cuando escuché la puerta de calle cerrarse y el motor del auto en marcha. Cuando estuve seguro de que mis padres se habían marchado, corrí escaleras abajo y marqué el número de mi mejor amigo Josh. Él vivía a cinco cuadras de mi casa, por lo que sólo tardó unos pocos minutos en llegar (maldita, maldita la hora en que lo llamé).
Comenzamos la velada pidiendo una pizza, y luego de jugar los mismos aburridos juegos de siempre, Josh me propuso algo distinto, extraño, fuera de lo común.
Él ya había jugado a ese juego con su primo, Robert, y nada malo había pasado, pero igualmente yo me sentía inquieto, asustado. Comenzamos, yo recorté las letras y él buscó la copa (la maldita copa).
El juego empezó. Primero reíamos, parecía un juego más, otro juego de niños…pero la copa comenzó a moverse descontroladamente y comprendí que la cosa iba en serio.
Su nombre era Ronald James, y la copa reveló que había sido un albañil que participó en la construcción de mi actual casa, y que había muerto al ser aplastado por una viga.
Josh, como conocía el juego, quiso burlarse de mi ingenuidad y se rió del espíritu. El peor error que podría haber cometido. James, furioso e iracundo, decidió actuar. De repente, las ventanas se abrieron y se desató una gran tormenta…
Olvidé mencionar que Josh pesaba 130 Kg., por lo que no llegó a esconderse. Ronald James y otros espíritus malignos tumbaron e inmovilizaron a Josh en el suelo y comenzaron a mordisquear sus abundantes pliegues de grasa.
No pudiendo soportar más la situación, corrí bajo la mesa y cerré los ojos, deseando que todo fuera una pesadilla (pero no era así). A pesar de mis ojos cerrados, pude distinguir luces de colores que se colaban por mis párpados cerrados. Y todavía escuchaba los gemidos de Josh.
Esperé a que esa situación acabara para abrir mis ojos y salir de mi escondite: Josh ya no estaba.
Reacomodé las cosas en la sala y me dirigí a mi habitación. Me cubrí con las mantas, intentando no pensar en lo sucedido. Cuando desperté a la mañana siguiente, decidí que nunca contaría nada sobre lo sucedido, pero siempre sentí la presencia de Josh rondando dentro de mí.

Seudónimo:Las dulces niñas focas mágicas
Nivel: 'B'
Categoría: Tema Libre

La curandera del desierto

¿Bruja? ¿Esos hombres me llamaban bruja? ¿Cómo podía serlo yo, que había sanado las heridas de tanta gente, aproximadamente desde que comenzó la guerra? Pero sus miradas no dejaban dudas. La muerte del único jefe que quedaba aún en el desierto era un duelo demasiado duro para afrentar, y se debían hallar culpables por donde fuera.
Maldito sea el día en el que comencé a servir al ejército. Y más aún maldito el momento en el que, encorvado sobre su zaino y con una bola incrustada en medio del pecho, el comandante subió a la sierra para pedir ayuda.
Yo tenía experiencia con ese tipo de cosas, pero el proyectil había tocado el corazón, y eso, si me entienden, es una sentencia de muerte. Sin embargo, yo había jurado utilizar todos mis conocimientos para alejarlo del riesgo, y después, de la forma más cruda, tuve que sufrir las consecuencias. Porque sí, estaban realmente enojados esos hombres de ojos penetrantes y pelo como crines de caballo. Bueno, si se puede decir enojados, la verdad pura es que el miedo reinaba en sus almas.
Me ataron inmediatamente y sin darme explicaciones razonables a unos troncos erguidos en el medio del campamento, que servían para amarrar los caballos de algún que otro grupo errante. Una semana de insultos tuve que soportar en ese maldito lugar, en donde me alimentaban con la cantidad justa para preservarme con vida.
Hasta que, un extraordinario día, todo pareció acelerarse y cambiar en la usualmente tranquila aldea. Una multitud de guerreros a caballo descendían atropelladamente desde la cima este, proliferando alaridos que, según creía, significaban algún tipo de alarma. Al acercarse, uno de los guerreros ubicados en la vanguardia, que lucía un prominente collar de plata, gritó: “¡Necesitamos hablar con el comandante!”
El hombre a mi izquierda me señaló con un dedo firme, antes de susurrar algo al oído del visitante, que inclinó su cuerpo para escuchar. El del collar se bajó de su caballo bruscamente antes de desenvainar un puñal, también de plata, que colocó bajo mi cuello. Pronunció aceleradas palabras que yo no entendía, retiró la hoja y, sin pensarlo dos veces, la clavó profundamente sobre mi muslo derecho, retirándolo tan rápido como lo introdujo. Así, se aseguraría que no pudiese, de ninguna forma, escaparme de allí.
Entrada la noche, los recién llegados me ataron a un caballo acarreado por otro, y abandonaron, llevándome como prisionera, el campamento. El viaje fue sereno y silencioso, pero a juzgar por las expresiones de los guerreros, había algo que los dejaba profundamente intranquilos. Yo no estaba ajena a ese sentimiento. No sabía por qué ni a dónde me llevaban, ni qué harían de mi. Como todo se hablaba por lo bajo, no podía descifrar ni una pista del tema.
Tampoco pude dormir ni cinco minutos. Mi pierna estaba hinchada y muy dolorida por culpa de la puñalada y constantes escalofríos, a causa de quién sabe qué razón, no me dejaban mantener un solo momento de paz.
Ya pasadas unas horas, la tropa se detuvo de forma súbita. Cortaron mis ataduras, y muy bruscamente me arrojaron al suelo rocoso, dejándome absolutamente sola y lisiada. Al atenuarse el sonido de los cascos de los caballos, comencé a gritar desesperadamente, con alaridos de súplica. Sabía que si me quedaba en ese desierto y en ese estado iba a morir, hambrienta, sedienta e insolada. ¿A quién pedía ayuda? ¿Quién iba a prestarme oídos allí? Luego de tanto gemir, la fatiga por fin me venció.
Al día siguiente me desperté súbitamente cuando un centenar de figuras bloquearon la luz que me llegaba al rostro. Allí estaban, montados, uniformados y prolijamente alineados, pero con visibles rastros de suciedad, sangre y cansancio. Apenas comencé a hablar observé que sus rostros se deformaban en muecas aprensivas. Recapacité mi error, cerré los ojos y paulatina pero correctamente retorné a mi pasado. Entonces hablé, y entendieron mi petición de ayuda.
Un peón zaparrastroso que ayudaba al ejército me subió sin escrúpulos a su caballo, y, acomodándome en la montura como pudo, reanudó la marcha. A lo lejos, podía observarse el humo del campamento que, indiscutiblemente, ardía en llamas.
Cuando ya el sol arrastraba consigo sus últimos rayos, arribamos a un pequeño pueblito ribereño. No contaría con más de cuarenta chozas, pero aún así, era lo más grande que había visto desde hace mucho tiempo. El ejército tendió un campamento nocturno, mientras que los lugareños preparaban un banquete para los hambrientos soldados. Me rehusé a comer, probablemente confundida por el dolor de la aún no sanada pierna, y el miedo irracional de ser envenenada; pero eso sí, me tomé yo sola de un trago el agua de toda una alforja. Luego, para mi fortuna, el sueño me derrotó instantáneamente.
Las trompetas sonaron muy temprano. Aunque sabía que era una señal para que sólo los soldados se despertaran y comenzaran a prepararse, una vez lúcida no pude volver a conciliar el sueño. En lugar de ello, me dirigí rápida pero tímidamente a hablar con uno de los guardias de la carpa del coronel.
- Señor, ehh.. vea usted, quería… emm… querría saber si nos dirigimos al pueblo, señor.
- ¡Ah! – la cara del uniformado se había puesto tiesa – Sí, por la tarde estaremos allí, supongo.
- Entonces, ejem.. . ¿podrían llevarme a la batuca… betic…?
- ¿Botica?
- Eso, eso, señor.
El soldado entró a la carpa, y en menos de veinte segundos regresó.
- De acuerdo, – su cara seguía anormalmente extraña, desfigurada en una especie de mueca leve pero notable – en unas horas estará allí.
Unos pobladores asomaban sus rostros por detrás de una casa rudimentaria. Me clavaban profundamente sus miradas con expresiones de asombro. ¿Por qué nadie me tomaba como una persona normal? ¿Mis ojos coloreados y mi cabello pardo no eran harta prueba de lo que alguna vez fui y, después de tanto tiempo, sigo siendo? ¿O acaso se trataba de mi ropa? Entre tanta confusión decidí hacer lo que había hecho hasta ahora: esperar callada y tranquila, como si evitara que el resto diera noticia mi existencia. La tropa preparó un desayuno rápido antes de partir, y me ofrecieron un bollo de pan que no pude rechazar. Seguidamente, me subieron a otro animal y, reagrupándose, comenzaron a avanzar por la ribera del arroyo aledaño.
Serían las cinco de la tarde cuando por fin el gran pueblo se vio en lo bajo. Una bandera celeste se erguía en el centro, el lugar de la roja y dorada de cuando yo era niña. Se hizo sonar clarines y trompetas, y pronto una multitud se congregó en la plaza central. El coronel, encabezando la marcha, proclamó por lo alto ante cientos, quizá miles de ojos expectantes:
- La división Nº 5 del Ejército está orgullosa de declarar oficial la derrota de los ranqueles de la sierra. ¡Viva la patria!
Como era de esperar, una confusión de vítores dominó la ciudad durante varios minutos, hasta que soldados y civiles regresaron a sus respectivos hogares. ¿Dónde estaba mi familia en esa multitud?
Un grupo de mosqueteros me guió hacia la botica en donde me había criado de pequeña y había aprendido mis conocimientos de medicina; la botica de donde me habían arrancado y llevado a las sierras. Sin embargo, en lugar del persistente recuerdo que yo tenía en la cabeza, encontramos un edificio en ruinas. Desesperadamente, pedí que buscaran por todo el poblado a mi familia, hasta que, como algunos de ustedes se habrán imaginado, me enteré de que mi familia ya no existía: había pasado demasiado tiempo. Ahora me sentía más sola que nunca; nadie me acogía, nadie me comprendía, nadie me recordaba…
Los soldados me llevaron a unos sucios cuarteles en donde vivo hasta estos momentos, sirviendo al Ejército. Mi estadía hasta ahora ha sido tortuosa: me insultan, me maltratan, se abusan de mí como si fuera una prostituta callejera y barata. Antes, por lo menos, me respetaban, me escuchaban, pero ahora soy para ellos igual o inferior a una apestosa mosca que se alimenta de un cadáver. Hay momentos en los que querría alejarme de esa gente viciosa y ebria de pecado, y regresar a las sierras en donde viví la mayor parte de mi vida. Después de todo, ¿cuál es para mí la civilización, y cuál la barbarie?


Rosa Teresa Luz de la Serna; San Luis (21 de octubre de 1836).

Seudónimo: Parabool
Nivel “B”
Categoría: Tema Libre

Sentencia infernal

Un delicado hilo de luz logra filtrarse entre el follaje, penetrando en la habitación y venciendo a la oscuridad. Allí, dentro de las penumbras, un sueño roto, una esperanza perdida, una cachetada del destino.
El hilo de luz recorre poco a poco los fríos pisos de mármol hasta toparse con un vivo color rojo que mancha los finos tapices. Dentro de la habitación, silencio, un silencio que aturde como un grito desgarrador. Las ramas comienzan a golpear los vidrios empañados, el viento sacude las hojas, el agua empapa los muros. Esos muros, que esconden algo siniestro, algo inexplicable.
La naturaleza parece transmitir su tristeza. Grandes ráfagas y poderosos relámpagos asolan el campo. Es entonces cuando una momentánea luz despeja la oscuridad, nos muestra el secreto.
Un bulto yace junto al hogar. Un hogar apagado, como el alma de esa casa. Un insoportable olor a muerte inunda el aire. Su hedor no es comparable con nada que uno haya percibido en el pasado.
El polvo sobre los muebles, la telaraña sobre la niebla, la humedad en las paredes y ese insoportable olor, como el perfume de un demonio, creaban un ambiente repugnante, que alguien dentro de una espesa tiniebla, meciéndose como un niño alegre en su silla de madera, parecía disfrutar.
Allí estaba él, si podemos identificarlo como a un humano, a ese desdichado. A ninguno de los que lo conocían les extrañaría si les confirmaran que no corre sangre por sus venas. El solo mirarlo es repulsivo, soportar su esencia invadir el ambiente. Ni siquiera las arañas resurgían de las grietas de los ladrillos para calmar su curiosidad. Él, en cambio, no hacía más que observarme, encapuchado, con su mortaja puesta. Aquel desalmado se encontraba inmóvil. Pero, ¿por qué había venido?, ¿no era acaso demasiado pronto para su llegada?
Allí estábamos los dos, frente a frente, sin más excusas entre nosotros, sin más indirectas, sólo él y yo. Ambos aparentábamos estar listos para el cruce de palabras, serios, estáticos. La verdad es que sentía un profundo miedo que desordenaba mis ideas y me exponía indefenso ante lo desconocido. En realidad, ya no era desconocido para mí el motivo de su llegada.
Ninguno emitía palabra alguna, sólo silencio. Hubiera preferido numerosas torturas ante que esto, las piernas comenzaban a temblarme, el sudor empapaba mi frente. Sin embargo, esto no era lo peor, ese olor, tan repulsivo como el de un cadáver. Y yo he soportado aromas, que antes me parecían exquisitos, reconfortantes. Pero ahora no son nada más que basura, recuerdos del pasado que atormentan mi existencia.
De repente, él se levanta del sofá y se dirige hacia la ventana. La tormenta se había detenido, la naturaleza se mantenía en calma, expectante, temerosa, amenazada.
Allí estuvo él, durante unos cuantos minutos, con la mirada perdida en la luna y en las estrellas. Parecía una estatua, en realidad, una estatua podía demostrar más calidez. Entonces él volvió a su asiento y comenzó a mirarmeMi mente estaba nublada, aislada del tiempo, sin noción de nada ni de nadie. Me resultaba un esfuerzo enorme pararme, de hecho, no podía. Entonces él se aproxima hacia mí con pasos lentos, pero ruidosos. Al caminar, se podían ver sus pies descalzos. Estaban todos lastimados, poseían cicatrices de fuego severas y parecían agravarse en medida en que él se aproximaba.
En ese momento, alza su mano derecha y me apunta con su dedo índice, fijamente. Mi cuerpo estaba inmóvil, aislado de la realidad, parecía que me suspendía sobre una nube de humo que comenzó a girar lentamente a mi alrededor. Mi pulso se aceleró, la respiración parecía insuficiente a medida que aumentaba su ritmo. Entonces un delicado frío comenzó a trepar por mi espalda, zigzagueando, punzante. Las nubes de humo a mí alrededor se acercaron y se enfurecieron. Él no hacía más que mirarme, encerrado dentro de su mortaja, señalándome.
En ese instante perdí por completo mi control sobre mi cuerpo, me era imposible pestañear o aguantar la respiración, ese maldito olor inundaba toda la habitación, si es que todavía me encontraba dentro de ella. Yo sabía dentro de mí que cada respiración podía ser la última y me causaba un profundo temor pensar que abandonaría la vida con este miedo en mi corazón. Qué sufrido corazón.
Entonces él se detuvo, bajó su brazo y comenzó a mirarme nuevamente. Yo caí al suelo, agitado, como si hubiera soportado la carga de los pecados de toda mi vida. ¡Qué carga que llevaba encima! Comencé a gatear hacia la ventana, exhausto, en busca de aire.
Ese silencio, jamás he tenido que soportar uno peor que aquel. Se había vuelvo insufrible, ya ni siquiera escuchaba el sonido de mi voz, ni sentía el frío del piso mientras me arrastraba hacia la ventana, y tampoco veía más allá de unos pocos metros. Mi vista, al igual que mi mente, se encontraba nublada. Rememoré cada instante de mi vida, cada emoción, cada fracaso, cada éxito. Y aún haciéndolo una y otra vez todavía no puedo comprender lo que hice ni por qué lo hice. Lo único que sé es que estoy arrepentido y no he podido dormir tranquilo desde aquel día.
Pero a él no le importa, él es un mercenario de vidas humanas, un cazador de esperanzas. Cómo me encantaría haber visto su rostro aquella noche de agosto. Dentro de toda esa confusión de realidades y alucinaciones él se acercó hacia mí, lentamente y dejando caer una suave neblina desde su mortaja.
Alzó su brazo derecho y reposó la palma su mano sobre mi frente. Un profundo ardor comenzó a aquejar mi cuerpo, sentía que mis músculos se encontraban exhaustos. Allí estaba otra vez su mirada, devastando todos mis sentidos, sin siquiera exponer sus ojos ante la luz de la luna. En ese momento, él desenvaino una daga del cinturón de su mortaja y la sostuvo frente a mí, señalando mi corazón. Sólo faltó que girara un poco su arma y sentí que me ahogaba, mi pecho se quemaba y mis ojos ardían.
Entonces, se detuvo, simplemente, se detuvo. Por algún motivo, se alzó desde su posición y me miró fijamente mientras se desvanecía frente a mí su imagen. Los días fueron pasando, poco a poco, lentos, intrascendentes, indiferentes entre sí. Comencé a dudar acerca de lo vivido aquella noche. Mi mente no se convencía.
El desorden de emociones, pensamientos, puntos de vista, opciones y demás acabó por trastornarme. Si tan sólo todo esto se pudiera haber evitado.
Hacían transcurrido ya varios meses desde aquel encuentro. Sin embargo, es como si todavía, estuviera allí, arrodillado frente a él. Mi vida pendiendo de un hilo. Tantas veces me sentí impune, pero frente a él sólo era una débil balsa a merced de la furia del mar. Si algo suyo había quedado en la habitación fue su esencia, su olor a muerte. Esa fragancia infernal. Maldito desalmado. No tardó mucho en llegar el día en que no soporté más. El sólo hecho de imaginar el castigo que recibiría si no hacía lo correcto atormentaba mis sueños y amargaba mis días.
Tomé el bulto que se encontraba junto al hogar de mi recámara y lo llevé a la comisaría local. Fui humillado, fui alejado de manera total de la sociedad, destinado a pasar el resto de mis días en una celda. Pero eso ya no me importaba, porque había logrado conseguir la armonía que tanto anhelaba tener conmigo mismo. Lo recuerdo muy bien, aquel 23 de marzo, logré recuperar mucho más que mi tranquilidad, me sentí una persona nuevamente, arrepentido de las calamidades de mi pasado. Dios quiera que con lo hecho me haya podido ganar un lugar allá arriba. Porque apenas una noche junto a él resultó insoportable.

Seudónimo: Joe Black
Nivel: 'B'
Categoría: Tema Libre

Todo lo sólido se desvanece en el aire

Llegó a nosotros en una concha de madreperla. Estaba completamente desnuda. Sin embargo, se cubría con sus cabellos rojizos; que al exponerlos al Sol, parecían tornarse rubios, castaños o morenos. La cara; sin ser una expresión definida, a veces triste y melancólica, a veces vagabunda, a veces hermosa y dócil, plasmaba la alegría remota e inalcanzable en las nuestras. Observaban todo con una curiosidad por lo conocido, los selváticos ojos y contaban hechos del pasado original y puro. Sostenido estaba el cuerpo entero en una sola pierna (de color rosáceo, tersa y pulida), que incitaba a cometer adúlteros goces.
Flexionó la rodilla con una delicadez etérea, como si fuera a ser elevada y llevada por el viento, y afirmó el pie en la tierra. Inmediatamente, las mujeres la cubrieron de velos y telas, de joyas y adornos, que no hicieron mas que embellecerla y tornarla artificial y obscura. No obstante, nadie pudo dejar de verla, de mirarla, de maravillarse con sus gestos, sus curvas, su inocencia maliciosa, su fría calidez, su sobrenatural aspecto tan común y ordinario.
Permanecía oculta en el bosque durante el día (tal vez, la piel se le quemase y achicharrase de lo blanca que era); más cuando de ébano el infinito se infundía, abandonaba su refugio y acompañada de aves jamás vistas, extrañas a los ojos humanos, se dejaba llevar por el aire hasta un pequeño lago. Allí se sacaba los ropajes con soltura y era en ese momento, cuando los alados pies y los florecientes pechos y las puras carnes, comenzaban a brillar y a rodearse de una aurora nacarada. De esa manera, se sumergía en el agua y competía por belleza y resplandor con el reflejo del astro plateado.
Todos los días del invierno realizó ese extraño ritual ante la vista de todos, como si no le importase que la viéramos tan salvaje, tan translúcida, tan apetecible. Durante la primavera y el verano, su mente y su cuerpo parecieron cerrarse y se internó en la espesura. Nadie nunca supo por qué. Quizás se estuviera gastando y pudriendo o acaso mudando y reconstituyendo su cuerpo.
El invierno siguiente emergió de la algaba y se dirigió hacia el estanque de agua escarchada. Se despojó de sus vestiduras, se alzó sobre sus pies y refulgiendo entre lo opaco de la vida, ascendió…

Seudónimo: Tacss
Nivel “C”
Categoría: Tema Libre

El caso Johnson

Meses después de la muerte de Joseph Johnson, el mayor gangster de Nueva York, decidí dejar el mostrador del antiguo bar y ahondar la investigación de aquel extraño suceso; así yo, Vladimir Chukiv, seria el sujeto que vengaría este hecho.
Me hallaba en mi escritorio cuando mi secretaria Jenny entró y me dijo:
-Vladimir, un hombre pregunta por ti, ¿Lo hago pasar aquí?
-Si, hazlo pasar Jenny
El hombre entró. Era robusto, de estatura baja, vestido de traje negro y con un habano entre sus dedos. Detrás de él, lo escoltaban dos caballeros de levita gris y galera negra.
-Buenas noches –dijo el pequeño hombre llamado Michael.
-Bienvenido Michael, ¿Qué es lo que te trae por aquí?-agregué
-Vengo a hablarte del caso Johnson. Mis hombres han estado rastreando la pista del supuesto asesino y solo dos de los cinco caballeros que envié han regresado con vida; no es nada fácil, Vladimir; tú eres un hombre sin experiencia, y no me gustaría que interfirieras en mis negocios, tú sabes lo que podría suceder si se descubre la verdad…
-Me haré de la capacidad que merite el caso, y no me intimidan tus amenazas
-Muy bien Vladimir, ten cuidado con las consecuencias
Dicho esto abandonamos el despacho y Michael se retiró del lugar. Le di la orden a Jenny de cerrar el estudio, pues ya era muy tarde y una cita pendiente aguardaba en mi apartamento del Boulevard St. Johns: la bellísima Elle, a quien había conocido hacía poco tiempo y me parecía muy intrigante, me citó con el propósito de decirme algo urgentemente.
Arribé a mi hogar y allí estaba ella esperando por mí; ingresamos y rompió en llanto a la vez que vi salir de las habitaciones muchos caballeros de levita gris, como los que había visto momentos antes, intente defenderme de sus agresiones pero fue imposible
-¿Quién los ha mandado?-pregunté
-Debiste atenerte a las consecuencias, Vladimir- contestó uno de ellos
-Pero… ¿tú lo sabias Elle?
Sin contestarme, de repente la mujer corrió a la planta baja y dos hombres me tomaron de los brazos, vaya uno a saber lo que pretendían, pero no sabían que yo no estaba solo, mi custodio personal me acompañaba, en secreto, por lo que el suceso terminó en medio de un tiroteo, que finalizó con todos los hombres enviados por Michael asesinados. Supe atenerme a las consecuencias, si…y también aprendí a no dejarme cegar por la belleza de una dama.
Esa noche no tuve descanso; miles de interrogantes giraban en mi cabeza. ¿De qué tipo de negocios me había estado hablando Michael? ¿Por qué el hombre no quería que investigara el caso Johnson y había enviado a sus hombres a mi apartamento y a la bella mujer a querer enamorarme? Si bien los hombres habían estado en mi hogar, me resultó extraño encontrar todo en perfecto orden, ¿Qué habrían estado buscando?
Al día siguiente, 7 a.m. un fuerte golpe en la puerta me despertó de mi poco relajado sueño. Era la policía con una orden de allanamiento del lugar. Sin temor alguno los dejé ingresar y atrás de ellos venía Michael…
-¿Qué haces aquí? ¿No te alcanzó con el envío de tus caballeros?- le dije aparte
-Tú querías saber la verdad del caso cuando la tenías enfrente a ti todo el tiempo- dijo en voz alta para que los policías escucharan
Repentinamente uno de los hombres entró a mi habitación y de un rincón sacó un arma, el arma con la que habían matado a Joseph Johnson.
-Tenías al asesino enfrente de ti todas las mañanas, cada vez que te mirabas al espejo querido Vladimir, de esa forma nunca lo encontrarías, siempre lo ocultaste en tu propia casa- Acotó el caballero robusto.
Preferí mantenerme en silencio mientras un policía me esposaba y decía que todo lo que dijera podría ser utilizado en mi contra.
Finalmente traicionado y tras las rejas, Michael fue a reírse de mi persona.
-No me sorprende tu visita, sabía que vendrías a reírte aquí de que tu maravilloso plan salió victorioso-
-Te lo advertí, eras un buen caballero pero ingenuo, no sabías con las personas que tratabas. Necesitábamos uno como tú para poder culpar de este hecho, pero con el pasado que traes cargado ¿quién te creerá? Si te salva una cosa te hunde otra. Disfruta la condena por mi, marioneta.
-¡No te saldrás con la tuya! ¡Ya se sabrá la verdad!- Sabía que algún día llegaría el juicio que me sacaría de ese pestilente lugar en el que deberían estar los verdaderos asesinos.

Seudónimo: María y Florencia
Nivel “C”
Categoría: Tema Libre

Ciudadanos hechizados

Érase una vez, en una tierra lejana un glorioso imperio que era gobernado por un rey que no le hacia faltar el alimento a su pueblo ni el empleo ni el techo. Este rey llamado Clohionor era bueno, piadoso y generoso. Él gobernaba con paz y tranquilidad sin ningún tipo de inquietud. Hasta que empezó a notar que los ciudadanos que se iban fuera por un tiempo, llegaban sin memoria alguna como si los hubiesen hipnotizados o lavado el cerebro.
Al darse cuenta de esto, el rey decidió actuar: primero le prohibió a todos sus súbitos que salgan del reino. Y ya no podía llegar gente extranjera sin entrevistarlos con veinte mil preguntas y comprobar que no estuviesen hipnotizados. Luego con la gente que quedó en la ciudad, a los hipnotizados, se los separo del resto de la gente y se les preguntó un montón de detalles y ellos respondían que no se sabía nada. Finalmente el rey mando a toda su guardia real a investigar en las afueras del reino. Algo debía estar ocurriendo era lo que pensaba frecuentemente.
Pasadas algunas semanas Clohionor se empezó a tranquilizar. Pero su calma no duro mucho al enterarse que su hija le había desobedecido y había salido de la ciudad y vuelto hipnotizada. Su hija, llamada Clarie era amable, inteligente, un poco caprichosa y aventurera: le encantaba conocer nuevos lugares. Y si eso implicaba romper las reglas y desobedecer ella lo hacia.
Clarie ya estaba en edad de casarse, y debía hacerlo pronto. Pues ella era la única heredera al trono de su padre.
Varias semanas antes su padre le había presentado a ella varios muchachos, hijos de varios diplomáticos importantes. Pero ella siempre se escabullía cuando venían a verla sus pretendientes, siempre decía que era despistada y no se acordaba.
El rey de esta zona ahora si, estaba realmente furioso, pues su imperio de paz y tranquilidad se había convertido en un lugar de robots, gente hipnotizada. Este se puso a diseñar un plan, debía haber algo que el pudiera hacer. Más tarde resolvió llamar al soldado de la guardia real y preguntarle si algún soldado fue hipnotizado. Este responde que solo cinco. Entonces el rey da la orden de seguir a los hipnotizados y ver adonde iban. Pasados algunos días Clohionor se da cuenta que los hipnotizados desaparecen por la medianoche y aparecen al amanecer. Y también se da cuenta que un extraño dolor le invade todo el cuerpo. El rey se preguntaba que era lo que sentía y siempre le preguntaba a su médico si se iba a curar.
Así, con la ciudad hipnotizada el rey cayó enfermo y los soldados fueron todos capturados e hipnotizados. El rey pensaba que moriría sin esperanza de salvar su reino.
Mientras ocurría esto en el palacio, un aldeano del reino llamado Rilan se pone al tanto de lo que sucede. Y se propone salvar a la princesa Clarie y a todo su pueblo. Rilan hacia tiempo que estaba esperando una oportunidad así para salvar a Clarie y conseguir casarse con ella. Se puso a pensar que hacer para salvarla y no ser hipnotizado. El resolvió escabullirse a la medianoche con los hipnotizados que abandonaban la ciudad. Los siguió sigilosamente sin que lo vieran hasta que llego aun gran fuerte donde penetraron. Él lo intento de todos modos no pudo entrar en el. Era mágico y estaba encantado para que la gente humana no entrara. Rilan intento ver a través de la cerradura de la puerta que había pero nada vio: estaba vacío. Cuando se dio vuelta vio acercarse un grupo de hipnotizados y decidió escabullirse con ellos. Esto funcionó y logro entrar: allí había miles y miles de personas trabajando en construir la más majestuosa ciudad que el haya visto. El relieve ere todo escarpado. La gente construía puentes que conectaban los edificios, un palacio enorme en el centro y muchas otras cosas más. Los obreros eran la gente hipnotizada del pueblo y miles de extranjeros que él no conocía.
Rilan, luego de observar todo esto, desvió la mirada para lograr ver al monstruo capaz de controlar así a las personas. A darse vuelta vio a “La Bruja Malevi”, esta era insolente, egoísta y muy persistente. Su corazón estaba lleno de mentiras y odio. A simple vista Rilan la observo con un gran vestido negro y un amuleto que sostenía en su mano derecha. Era como una esfera, era gris y pesada. Esto era el amuleto mágico que Malevi usaba para lavar el cerebro a las personas.
Malevi gritaba:
-Vamos mis súbitos apurad el paso que mi reino no se construirá solo.
Acto seguido Malevi lo observa y grita:
- Un intruso. A ti humano te condenaré a vagar por un laberinto indescifrable y a no salir de el nunca a menos que tengas un ingenio espectacular y logres descubrirlo.
Ante esto el muchacho contesto:
-¡Eso nunca!
Rilan por todo el amor que tenía por Clarie se empeño en descifrar el laberinto aunque le costara un montón. Paso mucho tiempo sin que lograra salir, hasta que luego de varios días doblo por el último pasillo y logro salir. Ya afuera corrió lo más rápido que pudo hacia la bruja, pero esta le mandó otro hechizo y lo colgó del árbol más alto que él haya visto. El con su fuerza e ingenio logro salir victorioso de aquí también y gritó:
- ¡No falta mucho pase dos pruebas!
Acto seguido tomo a Clarie por la espalda y se la llevó, pero la bruja lo puso en una piscina con tiburones pero Rilan logro escapar. Todo mojado corrió con todo ímpetu hacia donde se encontraba el amuleto de Malevi, ella no lo vio venir y Rilan la sorprendió quitándole el amuleto de la mano. De esta manera la bruja perdió su poder y ante un grito desgarrador se esfumó por los aires.
Luego de volver a la normalidad a todos, Rilan fue recibido en su reino como un héroe; y Clarie llegó a su casa corriendo a ver que le ocurría a su padre. Luego que Clarie le haya contado todo a su padre, este vuelve feliz a reinar sobre su pueblo; ya librado de su enfermedad.
Entonces el rey le explica a Rilan:
- Muchacho por todo tu trabajo nuestro reino se ha liberado.
Y Rilan contesta:
- Así es señor.
Entonces Clohionor pregunta:
- ¿Qué es lo que deseas?
Y el joven manifiesta:
- Deseo tomar por esposa a su hija.
Que así sea - responde el rey.
Y así el reino volvió ha ser un imperio de paz y tranquilidad. Y Rilan y Clarie vivieron felices por siempre.


Seudónimo: Laura Partaltti
Nivel: A “séptimo”
De la imagen a la palabra (Pintura: XUL SOLAR)

Desapariciones misteriosas

Hace muchos años, en un mundo muy lejano, ocurrió algo muy extraño, que casi termina con una lucha sin sentido.
Ocho especies distintas de criaturas vivían en armonía .Éstas eran: humanos, elfos, hadas, duendes, gigantes, cíclopes, centauros y animales.
Cada especie tenía su región. Los gigantes tenían la más grande, obviamente, por su tamaño.
Entre los humanos, vivía un viejo loco llamado Xaron. Le llamaban loco por los disparates que decía, pero fuera de eso era una persona común y corriente. Un día dijo:
-Algo extraño ocurrirá. Tan extraño que proviene de alguien muy distinto a nosotros.
Como de costumbre, todos le dijeron que estaba loco, pero sucedió. A la semana desapareció una niña de las hadas; al mes una mujer de los humanos; cuatro días después, un niño de los gigantes y así hasta que desapareció un integrante de cada especie. Todos los desaparecidos eran muy valiosos para su grupo: o eran hijos de alguien importante, o un hermano de un rey, o bien una persona esencial para su especie, etc.
En la última desaparición, (de los elfos) algo distinto ocurrió. Una mujer de esa especie, llamada María, iba caminando por un callejón. De repente, divisó unas luces multicolores, que surgían de un pasillo que se dirigía hacia la derecha. Corrió hasta allí y vio un suceso muy extraño. Vio un dodecaedro del tamaño de una casa. Cada pentágono con un color distinto y brillante. Esa estructura emitía un rayo de luz hacia una chica y ese rayo la iba atrayendo hacia él. La chica estaba paralizada y, un instante antes de tocar al dodecaedro, se transformó en lagartija, entró a él, éste tiró un papel a la alcantarilla y fue volando rápidamente hasta un bosque, cayó y no lo volvió a ver.
Las desapariciones provocaron que, al ser gente importante, se pensara en hacer una guerra, pero los humanos propusieron que su mejor detective investigara el caso y se decidió hacer una reunión. Allí se debatieron muchos asuntos.
-Esto no arreglará nada, debemos luchar- dijo el representante de los gigantes.
-Estoy de acuerdo con él- comentó el representante de los centauros.
-Tienen razón- dijo un cíclope.
-Yo estoy de acuerdo- habló un hada- pero con los humanos.
-Estoy contigo- dijo un duende.
-Y yo- comentó un animal
-Igualmente- exclamó el representante de los elfos.
-Bueno, ya está claro que éste problema se resolverá con un detective, porque somos cinco contra tres- explicó el representante de los humanos.
La reunión fue pública y María y Xaron se presentaron.
El detective se levantó de su asiento para que lo conozcan.
-Hola, yo soy Estek, soy el que resolverá su caso.
-Yo sé que lo resolverá, pero no le será nada fácil- Le dijo Xaron a Estek.
-Yo lo puedo ayudar, tengo información- dijo María al detective.
-Entonces te veo en el Hotel Refa, en la habitación D2 a las 9:00 hs-Comentó Estek.
-Ahí estaré-dijo María.
A las 9:00 hs de la mañana siguiente, Estek y María se encontraron y se miraron fijamente, como sintiendo algo importante por el otro. Fueron al departamento y Estek comenzó a preguntarle algunas cosas sobre el suceso que vio. María le dijo que había visto que el dodecaedro había titilado dos veces en el pentágono rosa, una vez en el rojo, tres en el azul y cinco en el verde antes de que la niña entrara dentro de él. También le dijo que una vez que hizo su trabajo fue directamente al bosque y cayó ahí. Una vez dicho esto fueron al bosque.
Hicieron muchas excavaciones, por todos lados hasta que encontraron lo que María había visto, pero esta vez no con el tamaño de una casa, sino del de una pelota de fútbol. Al lado de él había un libro y un papel enrollado. Recogieron las tres cosas y fueron al departamento.
Estek extendió el papel sobre la mesa. Era una pintura de ocho lagartijas. La pintura no dejaba ningún espacio en blanco. Luego abrió el libro, lo miró y dijo:
-Me costará resolver este caso, el libro está en una lengua llamada Austral. Se usaba, pero cuando el mundo estaba esclavizado por el mal.
-¡Me acordé de algo! -dijo María de repente- el dodecaedro tiró un papel a una alcantarilla.
Fueron rápidamente a esa alcantarilla, sacaron la rejilla y encontraron el papel. Fueron al departamento y lo miraron. Éste explicaba que significaba cada letra Austral en la Natural.
Estek pidió estar sólo en a oficina del departamento. María se fue de la oficina y serró la puerta. Pero espió todo por la cerradura. Estek leyó el libro. Le costaba leer ya que miraba el diccionario de la lengua Austral y luego miraba el libro. Se detuvo en una hoja que decía: “Para liberar las lagartijas presionar los siguientes colores”, cambió de página y decía algo totalmente distinto a lo otro, obviamente una hoja arrancada. De repente se acordó de los colores que le dijo María y apretó en el dodecaedro dos veces en el pentágono roza, una vez en el rojo, tres en el azul y cinco en el verde. En ese instante todas las lagartijas se salieron de la pintura, caminaron por el escritorio durante diez segundos y se metieron en la pintura nuevamente. María lo vio todo y para mostrar si Estek era fiel a ella entró a la oficina y dijo:
-¿Pasó algo? Es que escuché unos ruidos.
-No, bueno si.
Le contó todo. Y lo hizo otra vez. Pasó lo mismo, las lagartijas caminaron por el escritorio pero una se paró arriba del dodecaedro, largó humo de la nariz y en el humo se escribió “auxilio”. De repente se abrió un portal y los succionó.
Aparecieron en un lugar espeluznante, una persona horrible y roja se les paró delante y les dijo:
-Bienvenidos a mi tierra, yo soy el Diablo. No soy inmortal, sólo tengo poderes y me escondo del peligro en mi tierra encantada. Sé que quieren liberar a sus amiguitos, para eso Estek debe pasar tres pruebas antes de la medianoche.
En ese instante Estek apareció frente a un laberinto.
-Debes llegar al otro extremo del laberinto vivo- dijo el Diablo.
Cuanto más se adentraba Estek en el laberinto, más frío se ponía el ambiente y él sentía que bajaba su temperatura corporal, entonces dijo para sus adentros: “esto es una trampa”. Se subió a un árbol del estrecho corredor y fue saltando entre ellos hasta llegar al otro lado.
-Bien, te diste cuenta que si seguías caminando morirías congelado- expresó el Diablo.
De repente Estek se transformó en hormiga y a su alrededor estaba lleno de osos hormigueros, usó su instinto y corrió rápidamente a una colonia de hormigas y se salvó.
-Prueba dos superada. Ahora salva a María, con esa espada de los leones.
Corrió hasta ella y combatió hasta que los mató a todos. Por dentro pensó: “Suerte que fui militar”. Se dio vuelta y le pidió al Diablo que liberara a la gente, lo hizo y Estek para asegurarse de que no haga nunca más algo parecido, le lanzó la espada y lo mató.
Regresaron por el portal acompañados de todos los rescatados. María y Estek se casaron y vivieron felices por siempre.

Seudónimo: Joaquín Refa
Nivel: "A"
Categoría: DE LA IMAGEN A LA PALABRA